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Mendigogame
por Alfonso Pinilla
Pues sí, al maravilloso e instructivo mundo del videojuego o la play se ha incorporado un nuevo engendro que causa vergüenza ajena amén de pena, decepción y profunda preocupación por la deriva de estos virtuales entretenimientos. Es el mendigogame, donde uno juega a convertirse en un mendigo con el único objetivo de ganar dinero fácil sin renunciar a una cama de cartón, la raída gabardina y el triste cartón de vino barato como compañeros de viaje. Y es que a mayor perfección de tus artes mendicantes más puntos conseguirás, proclamándote así en el campeón más harapiento del barrio, objetivo máximo del juego. El invento ha causado furor en Alemania y llega ahora a España adaptado a las costumbres indigentes patrias (cambiando la cerveza germana por el vinate español y las calles de Berlín por la Gran Vía madrileña).
La virtualidad vive de la realidad. Se juega en la pantalla a lo que se juega en la vida, por eso siempre triunfarán los juegos de guerra, los de fútbol, los de baloncesto y hasta los que reproducen la existencia cotidiana de una familia de clase media. Lo ideal sería que el juego sirviera para mejorar la realidad dándole la vuelta, criticándola, analizándola, recreándola hasta hacerla casi perfecta en una pantalla de sueños donde todo puede ser posible. Ya que en el cuadrilátero de la vida no podemos solucionarlo todo, que al menos en un marco digital se haga realidad la utopía.
Lo lúdico para transformar el mundo, o al menos para no empeorarlo, podría figurar en el código ético de las empresas de software, de los diseñadores virtuales para quinceañeros impacientes. Y así, a golpe de joystik (o como se escriba), podríamos construir imperios utópicos que no se extendieran matando, sino igualando al personal en derechos y oportunidades. Imperios donde jugáramos con variables reales, históricas, como participación política, riqueza y distribución de esa riqueza. Donde hubiera que devanarse los sesos para sobrevivir en el poder sin avasallar, respetando las opiniones divergentes en un mutuo equilibrio de co-acciones donde nada puede hacerse sin contar con los demás. Juegos abiertos al azar, a la incertidumbre, donde hubiera que tomar decisiones difíciles como las que el camino bifurcado de la vida nos impone a veces. No aburrirían los juegos que albergaran misterio y complejidad en su interior, como no aburre vivir para quien lo hace intensamente.
Otra opción es quedarse con el entretenimiento puro de una pelota de fútbol lanzada a mil por hora, una cancha de baloncesto en el salón de casa o una pista de tenis en el portátil. No aporta mucho el entretenimiento sin reflexión, pero al menos no hace daño.
Lo inconcebible, lo triste, es que con la desgracia hagamos apuestas. Que convirtamos el drama en juego, la injusticia en anestesia para pasar las horas.
Suena a burla, a indignidad, a falta de sensibilidad con un mundo cuya desigualdad ignoramos alegremente. Pero sobre todo suena a alarma, porque una sociedad que se burla de sus dramas está condenada a intensificarlos, convirtiéndolos en el caballo de Troya que acabará devorándola desde dentro.
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